
En nuestra cultura la felicidad es un bicho muy raro. Es un elemento que solo aparece explícitamente en la literatura infantil (…y vivieron felices para siempre.). Si bien, en las historias en la que hay una relación sentimental como parte importante de la trama (o si es el hilo conductor de la trama); el que la pareja termine unida, se interpreta como que hubo un final feliz.
Si bien esta narrativa no es ajena a otras culturas y otras épocas, en la cultura judío-cristiana-occidental de los últimos dos siglos ha tenido un papel preponderante en nuestra forma de ver el mundo.
En cierta forma, la vida se ha tratado de adaptar a ese patrón formado en la narrativa cultural. Sin ir más lejos, al matrimonio se la ha visto muchas veces como el “y vivieron felices para siempre”. Sin embargo, en no pocas veces; es el inicio de un viaje de terror, que ni Stephen King pudiera haber imaginado en sus peores pesadillas.
Pensando un poco en lo compleja que es la vida, la felicidad y (su pariente cercano) el pecado me parecen inventos verdaderamente satánicos.
En ambos casos impiden llevar una existencia tranquila, una por tratar de alcanzar algo que seguramente no existe. El otro, por que te forza a tratar de evitar algo inevitable. Al caer en lo imposible de evitar tienes que sentirte culpable. De tal modo que te quita o (al menos) empaña la felicidad.
Por un lado, la narrativa tradicional de que vinimos a este valle de lágrimas a sufrir y a llorar.
Más recientemente, la posmodernidad que nos dice que vinimos a este mundo a ser felices. Aunque no nos dice en que consiste ni donde encontrarlo.
Y aunque la vida, la de verdad, no es exactamente el valle de lágrimas ni el viaje de LSD, siempre nos mandan a uno u otro lado.
Ahora bien, si se le pregunta a diez personas en que consiste la felicidad, darán diez respuestas diferentes. Incluso contradictorias.
Esto me lleva a pensar que no existe la felicidad. Me explico, cuando algo cumple cualquier con cualquier propiedad, incluso con propiedades contradictorias, significa que no existe. Por eso cumple con cualquier propiedad que nos guste, no importa que sea exactamente el opuesto de lo que dice el vecino.
Es por eso que a los chanekes, fantasmas, gnomos, similares y conexos se les puede colgar cualquier milagro sin problema ni contradicciones. Estos seres imaginarios no tienen impedimento para realizar cualquier acción imaginaria. Esto no es descabellado. ¿Nunca se ha puesto a pensar en la simpatiquísima situación de todo lo que sabemos de los dioses griegos? A pesar de que no existen.
Si la felicidad no existe, ¿porqué la mantenemos en nuestro bagaje cultural? Creo que porque es útil. Este tipo de inexistencias pueden servir para varios propósitos.
El primero que se me ocurre es que da esperanzas en situaciones completamente fuera del control de las personas.
Cuando termines la escuela, te cases, tengas hijos, compres tu auto, viajes, etc., serás feliz.
No es verdad, pero sirve para mantener los ánimos y seguir hasta el final. Al final, no notamos que no está. Entre otras razones porque la volvemos a poner en el futuro: cuando te compres tu casa, cuando alcances un buen puesto, cuando tus hijos sean mayores, cuando…
Pero, en un mundo en el que el tiempo es oro, la felicidad no puede ser la excepción.
Sí, la felicidad, o más bien su ausencia, es oro… para algunos.
El hecho de que la felicidad sea alto tan escurridizo (igual que los fantasmas) hace que sea fácil venderla. Unas aguas negras y espumosas lo ponen como slogan: “Destapa la felicidad”. Los cigarros, paletas de dulce, jabones, cremas, autos, ropa (de marca), etc., todo nos dará felicidad.
Está bien, pero al mismo tiempo se necesita una sociedad anhelante de felicidad para caer en trucos tan baratos.
Eso es lo feo del asunto, se debe “fabricar” una sociedad profundamente insatisfecha, triste, deprimida y todo ese tipo de adjetivos para que el negocio sea negocio.
La industria que fabrica esa sociedad es la publicidad, el asunto no es baladí. Recurren a la sicología, sociología, economía y todas las ías para asegurar una población tan vacía, pobre y desesperada que hagan lo necesario para juntar cinco taparroscas y con un peso cambiarla por un vaso que vale casi nada.
Lo mismo sucede en todos los estratos, solo es cuestión de escala. Así como el vaso de plástico es necesario para los estratos más deprimidos de la sociedad, el ferrari lo es para el junior que piensa que la ausencia del auto es el culpable de que la chica del moño colorado no voltee a verlo.
¿Pero existe algo parecido a la felicidad? Manolito, el amigo de Mafalda decía: “El dinero no es la felicidad, pero como se le parece”.
Ese es el camino que sigue nuestra sociedad. Por otro lado, se puede decir que algo parecido a la felicidad es un estado de tranquilidad y satisfacción con la vida propia. Pero alguien así ya tiene su vida llena y por lo tanto, alguien así no es negocio.
Juan Loera Albarrán.

Sería pertinente permear tu enfoque con los diferentes conceptos de felicidad acuñados por los filósofos griegos y su vigencia. La «estandarización» y los usos del término,desde tu planteamiento, van mas hacia las visiones pragmáticas de la mercadotecnia. -pienso yo-
Me gustaMe gusta
De hecho el proyecto era más ambicioso, incluía formas de ver la felicidad desde los griegos hasta lo más reciente posible. Pero al poco tiempo me dí cuenta que me rebasaba, por mucho. Así que decidí centrarme solo en la idea que motivó el texto. Posiblemente después incorpore lo demás, tengo lagunas grandes en filosofía. Un abrazo tío.
Me gustaMe gusta