El pasado presente

Vagando por la red, me topé con la canción más antigua que se ha encontrado y reconstruido, tiene unos 3500 años. La interpretación, tal vez esté muy lejos del original. Aún así, suena muy lejana en el tiempo y el espacio. Cada civilización tiene signos reconocibles con los que podemos decir si es árabe, europea, africana, latinoamericana, etc. Aquí no hay rasgos reconocibles, es realmente una voz muy lejana a nosotros, sin embargo, de algún modo es nuestra propia voz.
Desde pequeño siempre me intrigaron las civilizaciones más antiguas de la humanidad. El origen de la civilización, ¿cómo serían aquellos primerísimos humanos? Tan inteligentes como nosotros pero sin saber nada y sin lenguaje complejo. Con toda esa inteligencia, también se dan cuenta que ignoran todo. Que la naturaleza, aunque es su hogar, al mismo tiempo es un profundo misterio.


Uno puede leer como era el pasado, entre más reciente, hay mas información de como era la vida. Sobre todo, de los últimos 180 años, hay registros fotográficos y el cine ya tiene algo más de un siglo.
Sin embargo, cuando nos sumergimos en el pasado distante de la humanidad, la información comienza a escasear y se vuelve más fragmentaria.
Aún así, los registros escritos más antiguos tienen unos cinco mil años. Podemos decir que tenemos el testimonio de alguien que estuvo ahí.
Impresionante, ¿cómo fue posible, que la palabra escrita, plasmada en algo tan frágil como una tablilla de barro haya sobrevivido tanto tiempo?
Gracias a estos pequeños y grandes milagros, por aquí y por allá; podemos reconstruir (de forma incompleta seguramente) la vida de aquellos que nos precedieron hace tanto tiempo.
En la novela: La hija de Homero, de Robert Graves uno puede acompañar a la princesa Naica en un recorrido por la vida cotidiana en Sicilia hace más de 2000 años. Uno acompaña a Naica por las cocinas, pasillos, patios de su casa, a lavar la ropa, a una fiesta y a una batalla también.
La erudición y la descripción del pasado que hace Graves, es tal que uno realmente se imagina por la calle del mercado viendo productos como especias, granos, animales, esclavos y todo aquello que daba sentido a la vida hace pocos miles de años.

A pesar de esa lejanía en el tiempo, y seguramente, nunca sabremos que pensaron del mundo que les rodeaba. Aún quedan lazos que nos unen a esos primeros miembros de nuestra especies, nuestros padres primigeneos.
Nacemos en un ambiente cultural que nos marca. Entre otras razones porque es muy antiguo. Cosas como la comida, aunque varía, la variación es lenta y los platillos son reconocibles al paso de las generaciones.
El pan, aunque ha sufrido cambios, es básicamente el mismo desde hace unos cuatro mil años. Pero en este caso, el horno de pan es anterior y prácticamente no ha sufrido cambios en los últimos cinco mil años, ni en forma ni en tamaño.
Creo que vale la pena detenerse un poco en el horno de pan. Es un prodigio científico y tecnológico que tengo mis dudas que haya sido superado por el horno de gas.
El horno tradicional de pan, es de barro, está constituido por una gruesa base de arcilla y encima de esta base hay una gruesa semiesfera de barro. Esta semi esfera es una superficie de área mínima; la consecuencia es que se minimiza la pérdida de calor. Por otro lado el barro tiene una elevada capacidad calorífica. Esto significa que tarda mucho tiempo en calentarse y también en enfriarse.
El proceso es poner madera (bastante) dentro del horno, se enciende y se espera a que se consuma. Cuando ya no hay flama, las brasas se ponen en las orillas del horno, se mete el pan y se espera a que esté cocido. Lo sorprendente es que la energía que coce el pan, se transmite por radiación. Esto es, las paredes del horno están tan calientes que emiten una gran cantidad de energía por medio de ondas electromagnéticas, básicamente rayos infrarrojos. Si acerca la mano a una plancha caliente sentirá el efecto. Dada la complejidad del fenómeno, no deja de sorprender que haya sido descubierto hace tanto tiempo. Más aún, al conocimiento científico se le encontró una aplicación muy práctica, cocer pan y seguramente también se dieron cuenta que los asados quedan deliciosos.
La aspirina también tiene un origen muy antiguo. Ya hace más de cuatro mil años se recetaban infusiones de corteza de sauce para el dolor. A fines del siglo XIX la compañía Bayer investigó cual era el principio activo y encontró que era un salicilato. Es decir era parte de toda una familia y el más potente era el ácido acetilsalicílico, la moderna aspirina.
¿Cómo y cuándo lo supo el ser humano? El origen de ese conocimiento también se pierde en la noche de los tiempos.


Un primer lazo son las pinturas rupestres, son una muestra de arte, ciencia, magia y a saber que más. A este respecto, recomiendo el documental “La cueva de los sueños olvidados”. Es la historia del descubrimiento y estudio de las pinturas rupestres y objetos encontrados en la cueva de Chauvet en Francia. Se calcula que tienen más de 30 mil años. Muy probablemente son los rastros más antiguos que existen de nuestra civilización. Y a pesar del tiempo transcurrido y todo lo que hemos alcanzado, es posible identificar puntos comunes entre aquellos seres humanos y nosotros.

Pero si revisamos con cuidado nuestro bagaje cultural, tenemos aún muchos lazos con ese pasado remoto. Esos lazos serían como los recuerdos que tiene un adulto de sus primeros recuerdos. Recuerdos nebulosos de imágenes y sonidos que no logra ubicar exactamente, pero sabe que son muy remotos y forman parte de la historia de su vida. Por lo mismo los atesora en la memoria sabiendo que es lo único que queda de aquel infante que alguna vez fue.

El cuento de Caperucita roja hunde sus raíces hasta la Edad del bronce y tal vez aún antes. Si uno lo revisa con cuidado, es terrorífico. Lobos humanoides que hablan, muerte, resurrección. El bosque representa lo desconocido, el rojo de la caperuza es la juventud y el arrojo. Quizá en un principio haya sido una historia iniciática y gracias a eso sobrevivió aunque perdió su significado original y sufrió profundos cambios con el tiempo. No es un caso único, la historia de La Ilíada sabemos que se remonta hasta la Edad del bronce y que se transmitió oralmente durante cientos de años antes de ser plasmada en un texto.
Actualmente en Irán, Afganistán y algunas otras regiones de Asia central, los hombres se reúnen en las casas de té para, además de beber té, escuchar las historias que protagonizó Alejandro Magno cuando pasó por ahí hace más de dos mil años con su ejército.

Así pues, cada vez que comemos un pan, celebramos la navidad, tomamos una aspirina, tomamos vino o cerveza, comemos un guiso, nos maravillamos ante la bóveda celeste, etc., establecemos un vínculo con aquellos primeros humanos que arrancándole poco a poco sus secretos a la naturaleza pusieron los cimientos de la civilización que hoy vemos.
De algún modo sus fantasmas están en nuestras comidas, en nuestros ritos religiosos, nuestras fiestas y todo lo que hacemos.

Creo que a pesar de todas las guerras que hay, toda la contaminación y todas aquellos problemas generados por la civilización, el camino recorrido no es solo el recorrido de un camino. Ha sido una epopeya que aún no termina.

 

Juan Loera Albarrán

Deja un comentario