París, abril del ’22

May 68: demonstration on Boulevard Saint-Michel (Paris).

En unos días se realizará la segunda vuelta de las elecciones en Francia. Es notorio el avance de la derecha extrema en el país de La Marsellesa, la toma de La Bastilla, la tradición de las barricadas, la declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, de la primera feminista Olympe de Gouges con su declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana.

Hace cinco años Macrón ganó porque era un outsider, pero ahora pertenece al sistema y su gestión ha sido conforme al sistema. Basta recordar el movimiento de “Los chalecos amarillos”.

Ahora bien, Marine Le Pen logró hacerse con la segunda posición y por tercera vez su partido pasa a la segunda vuelta. Mélenchon, otra vez no pudo escalar lo suficiente, pero está clara la búsqueda de otra opción por los jóvenes, como Mélenchon mismo.


Si uno revisa el espectro político francés como apareció en las elecciones, los partidos de izquierda, reúnen a un tercio del electorado. Los partidos de derecha (Macrón y correligionarios son de derecha), suman aproximadamente a dos tercios de los votantes.
La izquierda francesa está muy desdibujada, el otrora orgulloso partido comunista francés logró algo más del 1% de los votos.

El representante de la izquierda, Jean-Luc Mélenchon es un septuagenario y sorprendentemente, tiene las propuestas de gobierno más radicales. Es el candidato preferencial de los jóvenes y ciertamente siento simpatía por su candidatura y por esa enjundia que ha perdido la política. Pero no pudo obtener más votos que Marine Le Pen.
En realidad, la derecha ganó la elección por amplio margen. Aproximadamente dos a uno.
Sin embargo, hay algo más ahí. Se habla de que los términos de izquierda y derecha para las fuerzas políticas están caducos. Y en el caso de la pasada elección creo que es evidente. Macrón es de derecha, Le Pen es de derecha, tienen una plataforma económica muy parecida. Sin embargo son adversarios.
Más aún, si uno revisa con cuidado, Le Pen y Mélenchon tienen un punto muy fuerte en común que los separa completamente de Macrón. Tanto Le Pen como Mélenchon son nacionalistas. Cada uno a su manera, pero me atrevo a sugerir que el ganador de las pasadas elecciones en Francia es el nacionalismo. El fenómeno viene desde hace un rato, pero por alguna razón no se quiere ver. Si repasamos un poco a mandatarios del presente y pasado reciente, tenemos a: Trump, López Obrador, Evo Morales, Boric, Chávez, Putin, Lula. El rasgo común a todos ellos es el nacionalismo.
Si uno los ve desde la izquierda o la derecha, no son exactamente lo uno o lo otro. Pero si se ven desde el lado del nacionalismo, son muy congruentes.

La globalización (dicen) está de salida. La razón es que mandó al sótano el nivel de vida de la población del mundo. Desde Washington a Moscú y desde Oslo hasta Buenos Aires. En todos los países, ha habido el fenómeno de poquísimos super ricos y enormes masas de población pauperizada.

Quizá el rasgo más global de la globalización fue el despojo de los que tenían poco y destrucción de la naturaleza.

Este regreso al nacionalismo se ha hecho a hurtadillas. Durante los ochentas se anunciaba a bombo y platillo “la aldea global” y se enumeraban sus bendiciones. Luego de más de cuarenta años de globalización y neoliberalismo, estamos en un páramo. No solo por la naturaleza arrasada, también por la falta de opciones.

Esta falta de opciones, quizá esté dada por el logro más importante y sutil del neoliberalismo y la globalización.


Algunos años después de que Margaret Thatcher se retirara de la política, sus amigos más cercanos le organizaron una discreta fiesta de cumpleaños. En un momento dado de la reunión, uno de sus cercanos le pregunto a Thatcher cuál creía que era su mayor logro, ella contestó: “Lograr que nuestros adversarios piensen como nosotros”. Palabras lapidarias y certeras, las propuestas de derecha e izquierda se iban acercando, de modo que en muchos casos resultaban indistinguibles. Así, bajo el eslogan de que “no hay otra alternativa”, se fue construyendo una pesadilla de la que ahora tratamos de despertar.

Pero es un despertar interesante, las opciones del pasado ya no existen, igual que el comunismo. Aparentemente la única opción que quedaba era el capitalismo sin restricciones. Pero, recordemos que el comunismo es hijo de los enormes cinturones de miseria que produjo la revolución industrial. Hoy vamos de nuevo hacia esa situación de miseria generalizada.
El comunismo fue una opción fallida, es evidente, pero la historia de la civilización humana apenas tiene algo más de diez mil años y el fin de la historia, nadie lo sabe.

Juan Loera Albarrán

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