
En los ya lejanos años 80’s del siglo pasado, Margaret Thatcher tuvo la idea de anular la lucha de los sindicatos de los mineros del carbón, con el petróleo aún recién descubierto en el Mar del norte y la energía nuclear. El argumento era fácil, el carbón no es ya necesario. Pero la legitimidad de una lucha no es tan fácil de anular. Para eso había que buscar un leit motif mejor. Lo encontró en el clima, ella impulsó la creación del GIEC o IPCC (Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático). En 1988 junto con el primer ministro de Canadá, Brian Mulroney convencieron a USA, Francia y Alemania de apoyar la fundación del IPCC bajo los auspicios de la Organización Metereológica Mundial y el Programa para el Medio Ambiente (PNUMA) de la ONU.
Así avalados, Thatcher pronunció el primer discurso. En este discurso, exigió que los problemas del calentamiento global, el agujero en la capa de ozono y la lluvia ácida debían resolverse con respuestas intergubernamentales.
En principio suena bien la propuesta. Los problemas mencionados eran problemas supranacionales. Por lo tanto, es muy razonable pensar que la solución también debe ser en conjunto de la sociedad humana.
El problema de la lluvia ácida ha dejado de estar en los titulares. Ciertamente las mejoras tecnológicas de los combustibles y maquinaria que los quema ha mitigado el problema en gran medida. El agujero de la capa de ozono ha desaparecido, si no totalmente, el problema ha dejado de ser urgente. Falta el calentamiento global.
Pero en este punto hay que hacer notar algunas cosas. La mitigación de estos problemas se debe a mejoras tecnológicas. No a cambios en las actividades sociales o industriales. La misma situación para el problema de el agujero en la capa de ozono.
Hasta donde recuerdo, solo India protestó, en este sentido. Para resolver el problema, los países industrializados modificarían sus procesos. Pero al mismo tiempo se exigió a los países en desarrollo la sustitución de maquinaria y procesos por unos nuevos. Eso cuesta mucho dinero.
India argumentó que ellos habían desarrollado su tecnología de clorofluorocarbonos a partir de cero. Para no tener una industria que dependiera de patentes o favores extranjeros. Los mismo para los antibióticos, la industria nuclear y varias más.
Eso había costado tiempo y dinero. Ahora, los países más contaminantes, exigían a los demás que procedieran igual y en muy poco tiempo. Desde luego, los países no desarrollados no estaban obligados a obedecer. El problema es que su industria sufriría bloqueos por sus emisiones perjudiciales a la capa de ozono. La única salida era comprar maquinaria nueva con préstamos del FMI.
Esto sería una forma de neocolonialismo económico básicamente. El punto central es que hasta 1980 el 80% del petróleo era consumido en USA, Europa occidental y Japón. Después la acelerada industrialización de China e India ha modificado este porcentaje. Pero en términos absolutos, USA, Europa occidental y Japón siguen contaminando más o menos igual. Esto es, casi todos los fluorocarbonos eran producidos en países desarrollados. Si un país del Tercer Mundo producía fluorocarbonos era por industria trasnacional. Sin embargo, si estos productos se exportaban al primer mundo podían ser bloqueados por contener fluorocarbonos. Esto perjudicaba al país en su conjunto. Por lo cual el gobierno debía ayudar con “estímulos” a la industria local (aunque no propia) a hacer el cambio.
Llegamos ahora al Calentamiento Global, que fue el primer término usado. Cuenta la leyenda que el vicepresidente de George Bush hijo, Dick Cheney pidió que el nombre se cambiara a “cambio climático” para que sonara menos dramático. Durante algún tiempo se usaron como términos intercambiables y ahora me dicen que son dos cosas distintas. El cambio climático siempre ha estado presente a lo largo de la historia de nuestro planeta. Con el calentamiento global es diferente, si a calentamiento global le agregamos el término “antropogénico” ya tenemos un culpable. Un culpable al que es muy difícil probarle el crimen. Pero al rato regresamos a este punto.
Aquí hay que explicar algunas cosas, en primer lugar el clima de la tierra ha cambiado a todo lo largo de la historia de esta, recordemos las glaciaciones. Entre las eras glaciales ha tenido que haber “calentamientos globales”. El ser humano no estaba ahí para hacerlo culpable de esas elevaciones de temperatura y derretir las capas de hielo a lo largo y ancho del planeta.
En tiempos históricos tenemos cambios climáticos muy bien documentados por Brian Fagan en sus libros: El gran calentamiento y La pequeña edad del hielo.
El gran calentamiento fue un período que abarca de los años 800 a 1200 aproximadamente, se le ha llamado también: Período cálido medieval. La pequeña edad del hielo abarca aproximadamente de los años 1200 a 1860.
El punto importante aquí es el hecho de que no sabemos a que se debieron el período cálido y a continuación uno frío. Que duraron varios siglos cada uno. El clima terrestre es un sistema extremadamente complejo y en muchos aspectos aún desconocido. Este desconocimiento, va desde fenómenos que aún no conocemos. Hasta las interacciones de la atmósfera con el Sol y el espacio cercano. No en balde, hay una rama de la ciencia llamada clima espacial y se dedica a estudiar las consecuencias de la actividad solar en su entorno cercano. Eso incluye nuestro planeta.
Para dar una idea de lo lejos que estamos de comprender cabalmente nuestra atmósfera, le hago una pregunta: ¿cómo será el estado del tiempo atmosférico el día de mañana? Si contesta que el día de mañana será igual al de hoy, usted acertará dos de cada tres veces. Esto es tiene un 66% de probabilidad de hacer un pronóstico correcto. Si usted quiere elevar esa probabilidad de acierto al 70 o 71% debe utilizar los más sofisticados modelos del clima terrestre y las supercomputadoras más avanzadas. Es lo que hay.
Bajo esas premisas, me parece aventurado afirmar que el calentamiento global se debe solo y exclusivamente a la actividad industrial humana.
Desde luego que la actividad humana debe tener una parte de responsabilidad en el calentamiento. Pero el punto fino es el siguiente.
Suponiendo que el IPCC tiene razón, las medidas para frenar el calentamiento, no están en consonancia con sus afirmaciones.
El IPCC es un grupo intergubernamental, que nació a partir de la necesidad de deslegitimar la lucha de los sindicatos mineros. Esto se hizo a partir de que la abundancia petrolera del Mar del norte. el petróleo se usó como arma para decir que el carbón no es necesario y además contamina mucho.
En este grupo los científicos, muy respetables, están en el papel de consejeros, nada más. Los gobiernos son los que disponen.
La más reciente reunión del IPCC fue en la COP 26 celebrada en noviembre del año pasado en Glasgow, Reino Unido.
El resultado es sospechoso, 100 mil millones de dólares en inversiones para detener el calentamiento global. Dinero que ponen los gobiernos, es decir, los pueblos. El resultado es cuestionable porque lo que se necesita es NO invertir. Inversión es sinónimo de producir gases de efecto invernadero.
Están tratando de apagar el fuego con gasolina.
De lo único que hablan es de poner más paneles fotovoltaicos, más aerogeneradores, de producir hidrógeno verde, de explotación de litio, cobre, praseodimio, cobalto, hacer fábricas de coches eléctricos, arrasar selva para plantar soya o palmas, etc. Es decir, generar más contaminación.
Nadie habla de reforestar, ni siquiera de conservar los bosque que aún quedan. Tampoco de preservar especies, disminuir el consumo de energía, prohibir el uso del plástico, ni de cambiar las costumbres de consumo, transporte o uso de energía.
¿Gatopardismo puro y duro?
Nuestra civilización está dictada por el tipo de energía disponible. Se tenemos electricidad disponible podemos hacer cosas diferentes a las que se pueden hacer con una máquina de vapor o con los músculos humanos. La disponibilidad de energía y el tipo de energía determina nuestra sociedad. Sin petroleo nuestra civilización, como la conocemos, simplemente es imposible.
No es posible cambiar de energía y llevar el mismo tipo de civilización.
Esto hace que los esfuerzos por hacer el cambio a energías renovables y seguir con nuestra civilización igual, no tienen sentido.
Para dar una idea de las diferencias, un litro de gasolina contiene 12 kilowats hora de energía específica, un litro de batería de litio contiene 500 wats hora de energía específica. No existe otra fuente de energía con la densidad energética del petróleo ni su disponibilidad, ni su precio, ni su adaptación a nuestra civilización.
Este último punto requiere una pequeña aclaración. Las famosas energías verdes o renovables no se adaptan a nuestra civilización. Por eso su adopción ha sido tan lenta, costosa y muchos problemas. Esto nos está diciendo que no es el camino. Más aún si consideramos que la producción de celdas fotovoltaicas asequibles dependen de que haya petróleo barato. Varias fábricas chinas han dejado de fabricar celdas fotovoltaicas por los precios tan elevados del petróleo, no es negocio. De hecho, las energías renovables no producen energía suficiente para reproducirse ellas mismas. Su fabricación depende totalmente de combustibles fósiles abundantes y baratos.
Por lo anterior, todos los acuerdos de la pasada COP 26 en Glasgow son muy buenos negocios para algunos, pero no tendrán ningún efecto sobre los gases de efecto invernadero.
Más aún, este tipo de acuerdos “ecológicos” sirve como jaula neo-neocolonial.
Con la mal llamada “transición a energías (sustentables, verdes o renovables (p’al caso es lo mismo))”, se da la misma situación. Si Argentina quiere vender su carne, pero resulta que no ha hecho la conversión energética, resulta que su carne no es neutra en carbono. Por lo tanto, no tendrá mercado. Peroooo…. los países desarrollados le pueden vender la tecnología necesaria.
Recordar además que Argentina emite poco más del uno por ciento de los gases de efecto invernadero. Sin embargo será señalada con el dedo acusador de los que producen 75% de los gases de efecto invernadero y que no han rebajado, prácticamente nada (o incluso la han aumentado), la emisión de CO2 y otros gases de efecto invernadero.
El cambio climático como pretexto neocolonial es muy bueno, es algo que es extremadamente difícil contraargumentar.
Además, creo, que se usa como pretexto para tapar un problema muy real, el plástico. 300 millones de toneladas cada año y se calcula que para el 2050 será el triple. El reciclaje y la economía circular son lindas mentiras para que dejemos de preocuparnos por la contaminación plástica. El 90% del plástico no es reciclable porque no tiene mercado. En muchos usos, por simple protección del ser humano, se exige que sea plástico nuevo. Por ejemplo, las botellas de agua potable.
Curiosamente (pura casualidad, seguramente) hay pocos estudios acerca de las consecuencias del plástico en el cuerpo humano. A pesar de que el pescado que consumimos contiene micropartículas de plástico y se han encontrado microplásticos en los cuerpos de los futuros niños, nonatos aún.
A pesar de los pocos estudios que hay ya se sabe que el plástico causa desordenes hormonales y esterilidad en las personas. En gran medida por los aditivos que los hacen de bonito color, suaves o que el Sol no los deteriore.
Falta hablar de los enormes tiraderos de llantas de automóvil que al terminar su vida útil, lo único que se hace es mandarla al tiradero de basura.
Tampoco he hablado de las “islas de plástico” que hay en los océanos ni de que los países más pobres reciben millones de toneladas de basura (plástica sobre todo) de los países desarrollados. Todo por una modestísima ayuda económica al país receptor.
El silencio alrededor del problema de los desechos de plástico es tan profundo que se vuelve estruendoso. Jamás he visto que Greenpeace o alguna otra organización ecologista le haga un berrinche a Coca-cola por ser el mayor contaminador de plástico del mundo. El logotipo de las tres flechitas de reciclaje, no está regulado en casi ningún país. Usted se lo puede poner a lo que quiera, quedará chulísimo.
Jamás he sabido de alguna limitante en cuanto a la fabricación de plástico, que se hable de destruirlo o que los que lo producen tengan que destruirlo también.
Curiosamente nadie habla de la destrucción del plástico, que sería el remedio. Eso se debe a que las propiedades que lo hacen tan útil, son las que lo hacen tan difícil de destruir. Destruir el plástico amerita muchísima energía. Es muy costoso, por eso nadie lo hace.
Es justo esa no responsabilidad del fabricante de plástico, lo que lo hace tan económico y por lo mismo, conveniente para muchísimos usos. Si el fabricante tuviera que destruir el plástico, sería carísimo. Porque la verdadera solución al problema de los desechos de plástico es destruirlo. Pero el coste de su destrucción es inasumible. Por eso es más fácil fingir demencia y decir que se recicla o hablar de una economía circular.
Cuando encalló el buque Evergiven en el canal de Suez el año pasado, se puso de manifiesto la cantidad de barcos cargados de mercancía que atraviesan el océano.
Se hablaba de miles de millones de dólares en pérdidas por la interrupción de las ya famosas “cadenas de suministro”.
Pero, si uno lo ve con algo de cinismo, esos barcos van cargados de basura futura. Todos los productos en los barcos van resguardados por plásticos de un solo uso. Muchos son productos que nadie necesita, esos productos milagro que anuncian en la tele por las noches. Que si se dejan de producir se evitarán muchos gases de efecto invernadero.
La economía crece produciendo basura, mucha basura. La comida chatarra, que produce enfermedades, envuelta en plástico de un solo uso y que nadie necesita. La industria de las diferentes aguas embotelladas, saborizadas o no, es algo que nadie necesita. Pero en México, las aguas embotelladas, son un negocio de 3 mil millones de pesos anuales. La fast fashion, ropa, prácticamente, de un solo uso.
Es un desmoralizante el pensar que todo nuestro avance científico y tecnológico genere, a final de cuentas, cantidades industriales de basura. Que la producción de basura es el resultado de nuestro sistema económico.
Y con nuestras prácticas ecológicas, haremos que todo siga igual.
Juan Loera Albarrán
