La democracia occidental, ¿un modelo agotado?

Una parte importante de la educación colonial fue la idea de que las instituciones sociales evolucionaban de un modo darwiniano.
Esto es, imponer las ideas del colonizador porque “son más avanzadas”. Nos puede sonar un poco ingenuo. Pero el hecho es que las ideas respecto a las ideas religiosas va en este sentido. El animismo, politeísmo, monoteísmo y toda la parafernalia que la acompaña. El el caso de la política sucede algo parecido. La democracia (dicen) es la forma más avanzada de gobierno y la mejor.

No parece una afirmación errónea. Sabemos de como terminaron las diversas civilizaciones que tuvieron gobiernos hereditarios: decadencia y desintegración. Eso incluye al mismísimo Imperio Romano.
El argumento suena bien, pero varias de esas civilizaciones duraron cientos de años. Aún recordamos los nombres de Ramsés segundo, Carlos III, Isabel I, Luis XIV y un abultado etcétera.
Desde luego, no fueron pocos los sustos cuando el receptor del poder real era un niño o un incapacitado para ejercerlo. Sin contar problemas de salud como el prognatismo que se dio en la casa real española o la hemofilia que asoló a varias familias reales en el viejo continente.

La democracia, además de que -al menos en teoría- evita estos problemas, dicen que favorece una renovación de la élite gobernante. Asegurando (siempre en teoría) que el sistema político sea sano.

Puede ser, pero cuando uno ve que ganó la presidencia Fox, Peña Nieto, Sarkosi, Meloni, Bush Jr., Bolsonaro, Macri, Boris Johnson, Biden, Macrón, Scholz, Belrusconi y algunos otros de su nivel. Puede uno preguntarse si es verdad que el sistema funciona.

En el caso de los líderes europeos actuales, uno puede preguntarse a quien sirven. A sus pueblos es evidente que no.

En el caso de Scholz, no dijo ni pío cuando se destruyó el Nord Stream. Una instalación vital para el país. De hecho, es un “casus belli” entre los alemanes y quien lo haya destruido. Más aún si el sospechoso de todos es un aliado (con aliados así, ¿quién necesita enemigos?).

Macrón está enfrentando las manifestaciones contra su gobierno durísimas, es probable que aún mas que las de los “chalecos amarillos”. El pueblo francés está demandando que el elegido por ellos sea sensible a las necesidades del pueblo.

Así podemos seguir enumerando gobiernos aparentemente autistas, al menos para con su pueblo.

Más aún, las otroras numerosas y prósperas clases medias de los países occidentales, ya no son numerosas y su prosperidad va en picada. En los países periféricos de occidente, de la clase media solo queda una definición de diccionario económico y su recuerdo.

Pero son sociedades democráticas.

No es difícil llegar a la conclusión de que en una parte del mundo, la democracia no funciona debidamente.

Un detalle muy folklórico de las democracias latinoamericanas son los golpes de Estado. Curiosamente, siempre ha sido la derechas “nacionales”. Con la dirección de los güeros del norte la que ha dado los golpes de Estado. El tío Samuel le agregaba un toque de humor durante la Guerra Fría. Presentaba las dictaduras (sus dictaduras) como “democracias representativas”.

Estos “golpes de timón” democráticos en Latinoamérica han provocado una gran división social, económica y una polarización política. Las consecuencias las podemos ver en las malas noticias que cotidianamente provienen del cono sur.

En este último caso podríamos pensar que no se ha dejado funcionar a la democracia. Pero si volteamos a USA o la Unión Europea, creo que no es el caso.
En primer lugar, ¿es realmente tan buena la democracia como dicen? Dejo abierta la pregunta.

Otra arista del problema consiste en que la democracia es un producto de una evolución cultural. Es decir, sus bondades, beneficios y naturalidad son consecuencia de un proceso histórico. Y quienes la aceptan son aquellos que provocaron el cambio de esquema político.

Esto es, para otros pueblos puede ser algo completamente antinatural.

Pero como la democracia está de moda, culturas muy ajenas a la democracia se la autoimponen.

Ahí tenemos la democracia china, rusa, india y algunas otras asiáticas y africanas con unos toques muy propios.

Incluso en las democracias occidentales (occidental de acuerdo a la clasificación de Selecciones de Reader’s Digest (Selecciones del lector indigesto (para que no digan que me paso de fresa, lo traduje))), tienen cosas muy raras. El pueblo inglés no elige a su primer ministro. El primer ministro se elige a puerta cerrada en la Cámara de los comunes. El presidente estadounidense es elegido por un “grupo de notables” que conforman el Colegio electoral.

Llegados a este punto, hay un detalle que merece atención especial. Las democracias occidentales en algún momento funcionaron y, muy bien. El deterioro del sistema democrático occidental se ha producido en un tiempo asombrosamente corto.

En los inicios del gobierno del ex socialista (y hoy cabildero de grandes capitales), Felipe González, su gobierno nacionalizó un grupo empresarial de nombre Rumasa. Durante esos agitados días, Felipe (soy un igualado) soltó una frase de la que creo que solo yo me acuerdo (igual lo soñé). El presidente español dijo: “Cuando un capital se vuelve tan grande, el gobierno se convierte en su lacayo”.
Creo que eso resume muy bien el problema. En 1980 no había capitales de particulares que representaran una parte significativa del PIB nacional.

En el Imperio romano había particulares que tenían fortunas comparables con la del imperio. Durante el medioevo, los Estados tenían la costumbre de andar sin dinero y dependían de particulares como la familia Médici. Después del medioevo, la riqueza de los Estados fue hacia arriba y porcentualmente la riqueza de particulares individuales disminuyó. El último hombre (hasta el año 2000) que tuvo una riqueza comparable a la del imperio dominante fue John D. Rockefeller cuya fortuna equivalía aproximadamente al 1% del PIB norteamericano en 1900. Para el año 2000 Bill Gates, el hombre más rico del mundo, estaba lejos del PIB estadounidense. Sin embargo, si uno suma las fortunas de los norteamericanos en los primeros cien lugares de la lista de Forbes, estos ya representaban un porcentaje apreciable del PIB nacional (yo también me acordé de Black Rock).

Esto es, los gobiernos emanados de las democracias occidentales se han vuelto gerentes de los grandes capitales. No es casual que algunos oligarcas rusos tengan finales poco claros y que el gobierno chino de pronto persiga aparentemente sin razón a algunos de sus ciudadanos más acaudalados. El gobierno no puede perder el control del país.

Bush padre e hijo invadieron Irak y también tenían negocios muy jugosos en la industria petrolera. La familia Biden tiene (o tenía) negocios poco claros en Ucrania y China, Macrón fue empleado de los Rotchild, Sunak fue empleado de Goldman Sachs, Felipe González es testaferro de varios grandes capitales y un larguísimo etc.

Esta situación de permisividad con los grandes capitales (el neoliberalismo, que dicen algunos que no existe), que ha través de los famosos lobys en Washington y Bruselas ha ido socavando la autoridad de los gobiernos. Esto ha generado la más grande transferencia de riqueza de la historia en perjuicio de muchos y beneficio de demasiado pocos.
Esto contraviene la base misma de la democracia. Se vive un régimen nominalmente democrático pero realmente oligárquico. Las consecuencias están a la vista.

Lenin decía que el partido es la “vanguardia consciente”, ese es el papel del partido comunista de la era post Mao. Se ha encargado de beneficiar a la mayoría, no solo la presente, también la futura. Aunque sacrificó una generación, este sacrifico no fue en balde. En Rusia Putin y su gobierno (El partido Rusia Unida (en el que milita Putin) es de derecha, aunque moderado) y ha vigilado por el bien de la mayoría. De una forma heterodoxa si se quiere, pero siempre fiel a su deber.

La democracia de presidencia hereditaria india también vigila que el Estado sea el que tenga la sartén por el mango. Sin que algunos de los grandes capitales que han surgido en estos últimos años tengan demasiada influencia en las decisiones a largo plazo del Estado.

La esencia de la democracia es ver por el bien de esa inmensa masa anónima de ciudadanos que, individualmente, no son muy relevantes. Es la forma de evitar que sean aplastados por grandes intereses individuales.
Al darle una gran libertad a los grandes capitales (esa libertad está pensada solo para ellos, no para el ciudadano de a pie), ellos pueden revertir el propósito manteniendo el discurso fundacional de la democracia. Nada más y nada menos.

Juan Loera Albarrán

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