La libertad, esa entelequia real.

La sociedad occidental presume de ser muy concreta. Se hace llamar pragmática, no pasa horas meditando, trabaja. El campo ocioso lo transforma en algo productivo, es la cultura adalid del progreso, del automóvil, del avión, del viaje a la Luna, de las vacunas, la agricultura intensiva y tantas otras cosas que nos hacen cómoda la vida.
Sin embargo, con todo su pragmatismo, la cultura occidental tiene por ahí algunos conceptos en los que se atora, por decir lo menos.

Uno de esos conceptos que ha originado el correr de ríos de tinta y sangre, es la libertad.
De entrada, ¿Qué es la libertad?
La libertad se aparece en la cultura occidental, desde la antigüedad y la discusión sigue hasta nuestros días. Eso es desesperanzador si uno trata de echar alguna luz sobre el asunto, sin embargo, esa indefinición de la libertad también es muy útil. Dado que no hay una uniformidad de criterios respecto a la libertad, como la que hay sobre el resultado de 2 + 2; significa que la palabra libertad se puede usar para cualquier cosa.
La libertad se usa como pretexto o razón para la independencia de los países, luchar contra la esclavitud, invadir países, casarse con una persona del mismo sexo, escoger el cereal para el desayuno, escoger la cuerda para ahorcarse y tantas otras cosas que no alcanza la brevedad de este texto para enumerar los usos de la palabra.
Pero hay algo que incomoda, una palabra que sirve para tantas cosas… ¿significa algo? o ¿es sólo un pretexto bien disfrazado?

En su libro: Ética para Amador, Savater toma un ejemplo muy simpático para ilustrar la libertad. Se pregunta si una persona en una isla desierta es libre. La respuesta es que aunque no hay nadie que lo esclavice, es esclavo de sus necesidades primarias. Tiene que pasar el día buscando la forma de sobrevivir otro día. La supervivencia no es lo más importante, es lo único. Eso tiene una consecuencia un tanto paradójica, la libertad es en comunidad.

Esto complica el asunto, las comunidades humanas son complejas y las interacciones entre unos y otros tiene diversas consecuencias a lo largo del tiempo.

En este punto me concentraré en una idea de libertad que me gusta, porque me parece acertada.
La definición es la que da Alexis de Tocqueville, puede parecer un poco extraño tomar a Tocqueville como referencia habiendo tantos y mucho más famosos pensadores. Pero veamos primero un poco de la vida de Tocqueville. Esto es importante porque su vida moldea su obra.

Alexis Henri Charles de Clérel, viconde de Tocqueville nace en Cannes en Francia en 1805. Miembro de una familia de ultraconservadores, sus padres se salvan de la guillotina, gracias a la caída de la cabeza de Robespierre. Esto marcaría su vida en el sentido de que su militancia política gira alrededor de lo que hoy llamaríamos “el centro”, veía con desconfianza a los extremistas de izquierda y derecha. Pero volteaba con simpatía más hacia la izquierda que a la derecha.

En 1827 hace un viaje a Estados Unidos con el pretexto de hacer un estudio del sistema penitenciario norteamericano. Era solo un pretexto; en realidad deseaba estudiar in situ, el vigoroso crecimiento de la joven nación que era admirada en Europa.
Un sistema democrático, sin antecedentes monárquicos, que crecía económicamente, territorialmente y poblacionalmente a un ritmo que quizá sea un caso único en la historia de la civilización humana.
Tocqueville pensaba, que el estudio de una sociedad así, podría aportar algo a Francia. Esta Francia que no quería regresar a la monarquía del pasado pero no terminaba de entrar al futuro democrático.

De Tocqueville llega a Estados Unidos en 1831, faltaba treinta años para la Guerra de Secesión, por lo que el país estaba dividido en el sur, esclavista y el norte antiesclavista. Esto emocionaba la imaginación de Alexis. Imaginaba a Estados Unidos como una especie de Nueva Atlántida, donde la gente era feliz, trabajadora y próspera. Empero, sus expectativas no se cumplieron. Le dolió profundamente la marginación y miseria de los negros libres. Tuvo la suerte de estar en época de elecciones, por lo que, ese día recorrió diversas casilla electorales observando con atención todo lo que sucedía.
A inicios de la tarde se dirigió a uno de los funcionarios de casilla. Le hizo la observación de que a pesar del tiempo transcurrido, no había visto a ningún negro entrar a votar. El funcionario de casilla le contestó afirmativamente y agregó: “y si alguno se atreve a entrar lo sacamos a palos”.
Evidentemente eso estaba muy lejos de la Nueva Atlántida.
Alexis recorrió el sur esclavista también, eso le dio más sorpresas. Encontró que la relación entre los esclavos y sus dueños era muy cercana. A veces los esclavos parecían pertenecer a la familia del amo. El dueño de la plantación se preocupaba de que tuvieran una casa digna, de su salud, alimentación y vestido.
Se encontró más de una vez que había plantaciones en las que el dueño era del norte antiesclavista. Por razones de la plantación este personaje vivía seis meses al año en el sur y seis meses en el norte. Esto generó que el dueño de la plantación tuviera dos familias. Una blanca en el norte y una negra al sur. Uno de ellos le confió a Tocqueville que le partía el alma pensar que sus hijos del sur serían vendidos como esclavos a su muerte. Curioso contraste entre los negros libres del norte, pero pobres, marginados viviendo como ciudadanos de última clase. Los negros esclavos por el contrario vivían mucho mejor, en gran medida integrados con los blancos pero no eran libres.

Estas y otras experiencias en América moldearon la definición de Tocqueville de la libertad. El decía: “No es algo que te pueda decir, es un sentimiento, como estar enamorado. Si te sientes capaz de hacer las cosas, eres libre”.
Puede parecer insulsa la libertad que nos plantea el pensador francés. Para los mexicanos del siglo XXI nos puede costar trabajo aceptarla. Pero dicen que la vida enseña.
Una colega del trabajo es de origen peruano. Llegó a México en 1982, en plena crisis económica. Sin embargo escribía a sus parientes en Perú que había llegado al “país de las maravillas”. Afirmaba que lo que más la impactó era el hecho de no tener que cargar “el carnet de identidad” todo el tiempo. En Perú uno no podía salir ni a la tienda de enfrente sin ese documento.
El franquismo proporciona muchas anécdotas. En su libro: No pasarán: contra la economía caníbal. Èdouard Martin cuenta que en una ocasión, de niño, regresaba de labrar su parcela con su padre. Al atardecer caminaban platicando. Sin que se percataran, dos guardias civiles iban muy cerca detrás tratando de escuchar la conversación. En un momento dado, su padre se tiró un pedo y dijo: “Para los que vienen detrás”. El padre pasó tres días encerrado en una celda.
En la Argentina de la junta militar Nacha Guevara y su marido, el pianista Alberto Favero preparaban un recital en el teatro. Entre el programa había una canción hecha a un poema de Benedetti. La canción se llama: Te quiero. Un verso dice así: “… quiero que en mi país, la gente sea feliz, aunque no tenga permiso. El día anterior al estreno, durante el ensayo, estalló una bomba que mató a uno de los tramoyistas. Esa noche Nacha y Alberto durmieron en el extrajero.
No podría faltar la Alemania Nazi. Una de tantas anécdotas es la del señor que sale de vacaciones y quiere dejarle las llaves a su vecino. El vecino responde: “Mejor busque a otro, a mi me ordenaron vigilarlos”.

Esta situación de no sentirse capaz de hacer ciertas cosas, es llevado al extremo en la novela 1984 de George Orwell.

Esto nos lleva a que la libertad es un sentimiento individual. Pero ese sentimiento no se da en la nada. El individuo, tiene que estar en una sociedad que permita el nacimiento y florecimiento de esa sensación de libertad.

El concepto de libertad es muy escurridizo, en parte porque depende de la sociedad particular en la que se aplique. No es lo mismo la libertad para un ciudadano romano que para un habitante de una favela de Río de Janeiro.

Podríamos decir que la libertad transmuta de acuerdo con la sociedad, es algo que no puede mantenerse rígidamente. El concepto de libertad cambia también dependiendo de quien está en el poder. Podemos decir que los cambios sociales inciden en la economía, la política y la oligarquía en el poder. A su vez la economía incide sobre los otros, la política y las oligarquías ídem. Todo afecta a todo. Eso hace que la libertad cambie. Podemos decir que la afirmación de Tocqueville sigue siendo válida, “es la sensación de que puedo hacer algo”.
Pero la sociedad actual, en varios aspectos, es muy diferente a que le tocó al pensador francés.
Vivimos en una sociedad en la que el consumismo no es lo más importante. El consumismo es lo único.

Una de las formas de la propaganda anti soviética era la afirmación de que aquí eras libre de viajar a donde quisieras, vivir donde te daba la gana, desayunar el cereal que tu quisieras, comer tu big mac siempre que tuvieras ganas. Cosas que los comunistas evidentemente no podían hacer. Dando una vuelta más de tuerca, el capitalismo te dice que bebes la misma coca cola que Bill Gates, en la misma botella de vidrio y tienes la misma libertad que Bill Gates de comprarla. Para algo somos iguales en el capitalismo.

¿Dónde está la contradicción? No hay contradicción, lo que pasa es que la definición de libertad ha cambiado. La libertad ya no es una libertad política. La libertad depende del dinero que tengas en los paraísos fiscales.
Todas las libertades de las que habla el capitalismo están condicionadas al dinero que uno tenga. En la etapa neoliberal eso se ha llevado a extremos caricaturescos. Como el del pobre que se siente clase media alta (suponiendo que eso signifique algo) porque su aifon le da sentido de pertenencia.

Pero además, en algún sentido, las cosas no han cambiado. La libertad, transmutada en dinero, se escatima hasta la ignominia.
La pobreza, mal endémico de nuestra época. Los megarricos de forbes y los de a deveras (se dice que los de la lista de forbes, en realidad son los pobres menos pobres), nos vienen a decir que estás pobre porque quieres, porque eres flojo, porque solo tienes un trabajo, porque no tienes una actitud positiva, porque te la pasas en tus zonas erróneas, porque TÚ Y SOLO TÚ tienes la culpa de ser pobre. No dicen nada de los salarios de miseria que pagan y que esa es la causa de que los trabajadores sean pobres.

Todo esto no es gratuito, te dicen que eres libre con argumentos del siglo XVIII y te esclavizan con la economía del siglo XXI. Esto hace que el esclavo sea feliz y se sienta en libertad de votar por quien quiera.

Juan Loera Albarrán

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