
Hace unos días falleció un compañero del trabajo. Una persona relativamente joven, esperaba jubilarse muy pronto. Con muchos planes e ilusiones para después del trabajo. Lo que más le ilusionaba era viajar por el país en motocicleta. Había comprado una motocicleta enorme, para viajar, la equipó y nos platicaba con mucho entusiasmo de su viaje. Que iniciaría recorriendo los estados de Oaxaca y Chiapas, después el Golfo de México, desde el Río Bravo hasta Cabo Catoche.
Pero todo eso quedó en nada. Yacía inmóvil, dentro del pequeño espacio de la caja metálica. De toda ese entusiasmo solo quedaba la tristeza de sus seres queridos, la moto y su equipo para el viaje soñado.
Dicen que solo somos dueños de nuestro cuerpo. En realidad ni eso, nuestra única propiedad son los recuerdos que dan forma a nuestro yo. Pero cuando el hálito de la vida desaparece, los recuerdos también. El cuerpo desaparece un poco después y es como si esa persona no hubiera existido. Los recuerdos se borrarán también y en unos años nadie se acordará de la jovialidad con la que saludaba en las mañanas ni del buen humor que hacía gala.
Hace unos años, recorriendo unas ruinas prehispánicas tuve la sensación de compartir el espacio (aunque no el tiempo) con miles de seres que vivieron, gozaron y sufrieron ahí mismo. De las risas y los gritos de sus niños, de el trabajo de los adultos y la calma de los ancianos. Pero ya no había nada. De no ser por los edificios que lograron perdurar, ni siquiera sabríamos que ese lugar fue la morada de un grupo humano.
Salí del velorio, las palabras de Calderón de la Barca resonaban en mi cabeza. La vida es sueño.
La vida es un sueño breve, demasiado breve.
Juan Loera Albarrán
