
El hecho de que exista un día para rendir homenaje a la mujer en su lucha por la equidad de género es algo cercano a la burla. La equidad de género debería ser algo que ni siquiera tendría que ser tema. Sin embargo, existe y entonces surge la pregunta. ¿Por qué la lucha de la mujer por el reconocimiento de la importancia de su rol social ha sido tan infructuosa?
De verdad, en nuestra moderna, emancipada y progresista sociedad occidental, el papel de la mujer es de semi esclavitud. Pero ese papel está tan interiorizado por la sociedad toda, que nadie lo ve.
Hasta finales de la Edad Media, la relación mujer-hombre era bastante igualitaria. La división del trabajo en el hogar, comenzó con el capitalismo. Tenía sentido, las jornadas laborales en la fábrica eran 12-18 horas diarias, con muchísima frecuencia, incluso el domingo.
Bajo esa situación, quien estuviera frente a la máquina en la fábrica necesitaba que alguien atendiera sus necesidades de alimentación, casa y ropa. Eso nos puede resultar normal ahora, pero trastornó profundamente las relaciones familiares. En un contexto donde la comida, la casa y todo lo que concernía a la familia era un problema colectivo, esto cambió profundamente el núcleo de la sociedad. El hogar se convirtió en una sección más de la fábrica.
Me explico. En cualquier industria, el trabajo se divide en secciones, una sección hace una parte, otras secciones hacen otras partes y hay una que se encarga de unir todo. La esposa era la responsable de que el obrero hiciera su labor en la fábrica sin problemas, es decir, la familia es una parte descentralizada de la fábrica. Sin responsabilidad por parte del patrón, pero con la exigencia de que funcione impecablemente en lo único importante, para el capitalista, que el obrero haga su trabajo sin interrupción. Eventualmente, este modo de organización se convierte en la norma, en el sentido de no se concibe otra organización familiar. Cada miembro de la familia tiene una labor bien definida. La unidad de la familia está supeditada a las necesidades de la producción.
Es en este ambiente que el hombre adquiere un papel de dominancia en la familia. Como nada se obtiene sin dinero y el único que aporta ingreso es el obrero/esposo/padre, su rol avasalla en la familia. A pesar de que casi nunca está y cuando está, está dormido. Así recordemos que el día de la familia es en domingo, para no perjudicar la productividad.
Este proceso de domesticación de la clase trabajadora no fue terso, duró siglos. Todo el capitalismo ha estado salpicado de movimientos emancipatorios de la clase trabajadora que invariablemente terminaron en fracaso, fracasos muy sangrientos por la venganza salvaje por la clase patronal. Estos movimientos han sufrido el olvido «involuntario» de casi todos los historiadores. El único que tuvo la suficiente importancia para aparecer en los libros (donde los obreros, otra vez, son los malos que se oponen al progreso), es el movimiento ludita. En este sentido recomiendo los libros: La cólera de Lud en primer lugar. También: Bello como una prisión en llamas. Ambos de Julius Van Daal. En estos movimientos y otros más durante el siglo XIX la mujer y el hombre pelearon juntos por su derecho a una existencia digna. Esta lucha de reconocimiento por parte de la mujer tuvo su primer descalabro feminista durante la Revolución Francesa. Las mujeres estuvieron también al frente en la toma de La Bastilla y en todo el levantamiento armado. Entonces las mujeres revolucionarias comenzaron a usar pantalones. En este ambiente revolucionario, Olympe de Gouges, redactó la Declaración de los derechos de la mujer y la ciudadana. Por este primer acto de afirmación feminista moderno, fue sentenciada a la guillotina. Como un acto de venganza más allá de la muerte, nunca se le dio a su hijo recién nacido, la carta de despedida que ella escribió para él. Más aún, al hijo se le educó para renegar de su madre.
Recordemos que la declaración de los Derechos del Hombre y del ciudadano, era solo para el varón que trabajara y pagara impuestos. Es decir, muchos hombres quedaban fuera de la categoría de ciudadano. Al igual que todas las mujeres.
Entre los actos de Napoleón como primer cónsul, estuvo el reconocer el papel de la mujer en el movimiento revolucionario. Se les prohibió usar pantalón y se fundó una escuela para que las mujeres aprendieran labores propias de su sexo y que estuvieran mejor capacitadas para el matrimonio. Parece cínico a los ojos del siglo XXI, pero también fue la primera vez que alguien en el poder, reconocía que las mujeres también debían recibir educación escolarizada.
Durante el siglo XIX en la civilizada Europa se dio un fenómeno singular. Debido a que el número de personas en edad laboral aumentaba más que los puestos de trabajos había abundancia de mano de obra. Eso provocó una reducción de los salarios. Si alguien no quería trabajar por ese poco dinero, siempre habría alguien que tomaría su lugar. Eso generó una disminución del ya de por si paupérrimo ingreso económico en los hogares de los trabajadores. Como consecuencia, la mujer tuvo que empezar a trabajar, pero por salarios inferiores a los de los hombres. Esto hizo que también los niños comenzaran a trabajar. Por menos dinero que la mujer y eso, cuando les pagaban. Se inició así una semiesclavitud (a veces esclavitud) que perdura en muchos lugares, incluso en el centro de lo que llamamos civilización.
En este punto hay un señalamiento que vale la pena hacer. Gran Bretaña fue el imperio dominante del siglo XIX, sin discusión. Tenía las colonias más ricas, la mayor producción industrial del mundo y su marina dominaba en todos los mares. Sin embargo la pobreza de la gran masa de la población era proverbial. Si uno revisa la literatura del siglo XIX inglesa, por todos lados se había miseria. Las novelas de Dickens son muy explícitas en este punto.
A fines del siglo XIX, en Europa, la lucha de la mujer se centró en la lucha por el voto. El derecho a votar nos puede parecer algo de lo más elemental, pero fue algo muy difícil de lograr. A lo largo del siglo XX se fue reconociendo del derecho a votar de la mujer. Dicho de otro modo, hasta entonces se le reconoció como ciudadana del país que habitaba.
Una consecuencia de las revoluciones de principios del siglo XX (México y la recién nacida URSS) fue la igualación de hombres y mujeres en su derecho a recibir educación escolarizada. Poco a poco, con muchas dificultades, la mujer fue accediendo primero a la educación universitaria y luego a trabajos de alta cualificación y elevada responsabilidad.
Esto no significa necesariamente emacipación de su rol social tradicional. Puede ser que la mujer tenga un puesto de responsabilidad fuera de su casa, pero al regresar a su casa retoma su papel tradicional.
Es en este punto que la posición de la mujer está en un punto en el que parece avanzar hacia un futuro más equitativo y justo.
Los movimientos feministas de principios de la segunda mitad del siglo XX veían un futuro más justo. Reflexionaban que si la mujer entraba al mercado laboral masivamente, se duplicaría el número de trabajadores. Eso traería como consecuencia que la jornada laboral, se repartiría entre la pareja y así la crianza de los hijos y el cuidado de la casa se repartiría entre los cónyuges. La capacidad productiva seguiría intacta.
Sin embargo, más de medio siglo después de esos deseos del futuro, vemos que la mujer se ha incorporado masivamente al mercado laboral en jornada completa. Los hombres siguen a jornada completa. ¿Qué pasó?
La razón fundamental para evitar que la mujer dejara su condición de esclava del hogar, es económica. El trabajo en el hogar es fundamentalmente para que el marido no falte a trabajar. Es decir, para que la maquinaria económica funcione sin problemas. En ese sentido es también una trabajadora de la empresa. Trabajo que debería ser remunerado. Pero al convertirlo en el sagrado deber de la esposa, el capitalista se ahorra la mitad de los salarios. Al entrar al mercado laboral remunerado, se perdería esa trabajadora gratuita. Sin embargo, el fenómeno que sucedió es muy curioso.
La jornada laboral de la mujer actualmente ronda las 100 (cien) horas semanales. Cuarenta horas en el trabajo y el resto en el hogar. El hombre sigue sin asumir su responsabilidad en la empresa colectiva que es la familia. Su papel de proveedor se ve cuestionado porque ya no es el único. Sin embargo, la posición de preeminencia en la familia es muy cómoda y no quiere abandonarla. Es muy egoísta.
Esto ha generado una condición de semiesclavitud invisible y en algunos casos esclavitud. Al no ser llamado por su nombre todos lo ignoran siendo el problema básico de la condición de la mujer.
En la antigüedad había esclavos que llegaron a ocupar elevados cargos públicos, que se volvieron parte de la familia. Que eran muy valiosos para su sociedad. Sin embargo, al ser la condición de esclavo algo natural en la época nadie veía la necesidad de liberarse. Porque con todos los privilegios que pudiera tener un esclavo, no eran sus derechos. Era un privilegio que le concedía su dueño por su generosidad. Las cosas no han cambiado tanto; en México aproximadamente la mitad de las mujeres que trabajan siguen pidiendo permiso cada día para salir a trabajar. A pesar de que ese ingreso es fundamental para la familia. Un elevado porcentaje de esas mujeres no es dueña de su ingreso. Todo lo maneja el marido, ese es el signo del esclavo.
Juan Loera Albarrán
